Las imágenes se repiten: cientos de delfines nadando en grupo muy cerca de la orilla, captadas desde teléfonos, drones y embarcaciones de turismo. En las últimas semanas esas escenas han circulado masivamente en redes sociales y medios chilenos, generando una pregunta que muchos se hacen: ¿realmente hay más delfines en las costas, o simplemente ahora los vemos más?
Para el investigador del Centro de Investigación Marina Quintay (CIMARQ) de la Universidad Andrés Bello, Jorge Sánchez, la respuesta no es simple. «Lo más probable es que estemos observando una combinación de factores. Por un lado existen cambios reales en la distribución de los delfines asociados a las condiciones del océano y, por otro, hoy existe un esfuerzo de observación muchísimo mayor gracias al turismo, la ciencia ciudadana y las redes sociales, que permiten registrar prácticamente cualquier avistamiento», explicó.
El océano manda: nutrientes, temperatura y la Corriente de Humboldt
Los delfines no se desplazan al azar. Su presencia en una zona depende casi exclusivamente de dónde se concentra el alimento: peces y cefalópodos. En Chile, ese patrón está directamente ligado al sistema de la Corriente de Humboldt y a las zonas de surgencia, donde aguas profundas ricas en nutrientes afloran a la superficie y desencadenan una cadena biológica precisa: más nutrientes generan más fitoplancton, el fitoplancton atrae más peces, y los peces convocan a los grandes depredadores, entre ellos los cetáceos.
A eso se suma la temperatura superficial del mar. Algunas especies de delfines tienen preferencias térmicas definidas, y fenómenos como el inicio de un evento de El Niño pueden modificar temporalmente su distribución, acercándolos o alejándolos de la costa dependiendo de las condiciones ambientales del momento.
Los delfines como indicadores, no como termómetros
Uno de los errores más frecuentes al interpretar estos avistamientos es concluir que el ecosistema está mejor o peor según si aparecen más o menos cetáceos. Sánchez fue enfático en ese punto: «Los delfines son excelentes indicadores de cómo está funcionando el océano, pero no son un termómetro directo de que el ecosistema esté mejor o peor. Su presencia responde a procesos complejos relacionados con la productividad, la temperatura y la disponibilidad de alimento. Más que preguntarnos si hay más delfines, deberíamos preguntarnos qué nos está diciendo el océano cuando los vemos».
En la Región de Los Lagos y Los Ríos, esta reflexión tiene peso particular. Los canales y fiordos de Chiloé son uno de los pocos hábitats del planeta donde habita el delfín chileno (Cephalorhynchus eutropia), especie endémica de la costa nacional considerada vulnerable por su reducida población y sensibilidad a las perturbaciones humanas en su territorio.
Cómo observarlos sin afectarlos
El aumento de registros trae también un riesgo: el acoso no intencionado de los animales por parte de turistas y embarcaciones. Los investigadores del CIMARQ son claros al respecto: la distancia es la regla principal. No perseguirlos con embarcaciones, no rodearlos, no intentar nadar junto a ellos, no alimentarlos ni hacer maniobras bruscas cuando se acercan. «Siempre debe ser el delfín quien decida la interacción. Si se aleja, hay que respetarlo. Acercarse demasiado puede interrumpir su alimentación, alterar sus desplazamientos o generarles estrés innecesario», advirtió Sánchez.
Los especialistas concluyen que el fenómeno de los avistamientos masivos abre una oportunidad real para acercar la ciencia marina a la ciudadanía. Las observaciones de pescadores, turistas y navegantes permiten complementar el monitoreo científico y construir un mapa más preciso de cómo están cambiando los ecosistemas marinos frente a las costas de Chile.









