Migajas de pan duro

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Resumen generado automáticamente con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por Mirada Sur.

Por Fedra

Queremos un país de propietarios, no de arrendatarios. Esa fue la frase que el mandatario chileno acuñó el pasado 1 de junio en su primera Cuenta Pública. Bajo una lectura superficial, la sentencia suena aspiracional, casi protectora. Pero en el fondo, desnudó la doctrina más cruda del tiempo que nos toca habitar: la consolidación de que la dignidad humana y la seguridad solo se consiguen a través de la transacción y la propiedad privada individual. Es la renuncia explícita a los derechos sociales universales; es el desprecio absoluto por las garantías colectivas para los sectores más vulnerables de nuestra sociedad.

Hoy, bajo la administración de una derecha dura y de corte libertario/conservador, experimentamos un quiebre que ha cambiado por completo el tablero del diálogo comunitario. El modelo neoliberal se extrema bajo una premisa violenta: el Estado debe achicarse al mínimo y el mercado debe ser el único motor. El pueblo común y corriente, el tejido social de las regiones, la agricultura familiar campesina y las comunidades que defienden las aguas han quedado al margen de la historia. De esa mesa hoy solo caen migajas para los desposeídos; e incluso, sin importar la cantidad, son migajas de pan duro. Así de triste y fría es nuestra realidad contingente.

El discurso oficial nos susurra que el esfuerzo individual es la única salida. Al instalarse un escepticismo radical frente a la urgencia climática, la agenda medioambiental institucional se ha desplazado para priorizar la «certeza jurídica» de las grandes industrias. La naturaleza ya no es vista como un organismo vivo o un espacio sagrado, sino como un stock de capital esperando ser explotado. Si el gobierno niega el colapso ecológico, la señal implícita para el ciudadano es aterradora: «A la naturaleza nadie la va a proteger, y a ti tampoco; compite, transacciona y sobrevive». Es la fractura del «sálvese quien pueda», un mandato que destruye la noción fundamental de que nos debemos cuidar los unos a los otros, agudizando un aislamiento y una tristeza profunda que calza perfecto con esta acelerada sociedad del rendimiento, donde el tiempo libre y los afectos se han transformado en lujos inalcanzables.

Para entender este presente y resistir a su violencia, es imperativo desplegar la memoria que guardamos de Chile. Esta larga y angosta faja de tierra no es una línea recta; es una tensión constante entre el arraigo y la imposición de estructuras frías. Antes de que existieran las fronteras y los mapas republicanos, este territorio estaba habitado por pueblos —Mapuche, Aymara, Rapa Nui, Licanantay— cuya existencia no se basaba en la propiedad, sino en la pertenencia. El concepto de la Pachamama en el norte, o del Wallmapu y la conexión con el Ngen (los espíritus de la naturaleza) en el sur, entendía que el ser humano es un elemento más del entorno, un cuidador, nunca su dueño.

La colonización inició un proceso violento de despojo territorial, pero sobre todo, de despojo espiritual: intentó reemplazar la relación sagrada con la tierra por la lógica de la domesticación. Aunque el siglo XIX y XX construyeron un Estado centralizado y ordenado bajo la matriz portaliana, en el subsuelo siempre latió la desigualdad de los latifundios y la brutalidad que vivió la clase obrera del salitre y el carbón. De ese dolor brotaron las grandes demandas sociales, la mística comunitaria y la poesía de Gabriela Mistral o Violeta Parra, quienes cantaron a los desposeídos. Sin embargo, tras el quiebre democrático de 1973, Chile fue convertido en el laboratorio global del neoliberalismo radical. Se privatizó el agua, la salud, la educación y las pensiones, cambiando la psique de nuestra sociedad, transformando al ciudadano en cliente y sembrando la semilla de la monetización de nuestros propios vínculos.

Hoy, tras años de procesos políticos intensos, ver que el poder absoluto regresa a manos de los defensores más acérrimos del mercado genera un vacío, una fatiga que se siente en la mesa cotidiana donde el costo de la vida asfixia. Da la impresión de que las grandes alamedas de la transformación se cerraron.

Pero es justamente ahí, en la oscuridad de este panorama, donde nace el punto de inflexión.

A nivel nacional, esta realidad tan dura está provocando que la resistencia ya no busque el permiso del Estado. Como las certezas estatales se desvanecen, las comunidades rurales, las defensoras de las aguas en el Biobío y en el norte, y los movimientos socioambientales están volviendo a mirarse a las caras. Ante un gobierno que le da la espalda a la vida, la mística, el amor propio colectivo y la organización territorial se vuelven nuestra única trinchera real.

La pregunta que vengo a proponer no es económica, es profundamente humana y espiritual: ¿Queremos un país de propietarios o queremos una tierra de comunidades? Mientras el sistema intente mercantilizar nuestra existencia, nuestra mayor rebeldía será encontrarnos, reconocernos vulnerables y recuperar la fuerza para defender lo vivo.

Sobre la autora:Fedra es estudiante de Derecho, orientada al área de la legislación medioambiental y la protección de la tierra.

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