De una quiebra en pandemia al pan integral que conquista el sur: la historia de Tue Tue

Cuando el restaurante que tenía camino a Lago Ranco no sobrevivió a la pandemia, José Docmac quedó literalmente en cero: sin capital, sin vehículo propio y con solo algunas máquinas rescatadas del local. De esa quiebra nació Tue Tue, una panificadora de panes integrales saludables con base en Río Bueno, que partió repartiendo diez o quince panes entre amigos en autos prestados. Ocho años después, la empresa distribuye en cerca de cincuenta puntos de venta entre Valdivia y Osorno, trabaja con una fórmula propia difícil de replicar, incorpora ingredientes locales como el maqui y proyecta su expansión hacia la Región de La Araucanía y, más adelante, el resto de Chile. En esta conversación de Impulso Sur, José relata cómo se pasa de repartir pan a pie a construir un producto diferenciado con sello regional, y por qué la perseverancia —y la familia— fueron el verdadero motor del proyecto.

¿Cómo nace Tue Tue después de lo que te pasó con el restaurante?

Estuvimos casi un año funcionando con el restaurante. El verano es muy bueno en el camino a Lago Ranco, pero el invierno es malo, y después vino la pandemia. No fuimos la excepción de los demás restaurantes que quebraron en ese tiempo. Estuvimos como medio año pensando qué podíamos hacer, literalmente en cero. Quedaban algunas máquinas en el restaurante, entonces había que aprovechar lo que teníamos a mano. El tema del pan nació porque a mí siempre me ha gustado el ejercicio y el deporte, y uno se da cuenta de que las marcas conocidas de pan integral no son de tan buena calidad. Así que empecé a hacer pan en la casa y a repartir a los amigos, porque de verdad no tenía ni un peso y necesitaba hacerme plata rápido.

¿Por qué decidiste quedarte en Río Bueno y no emigrar a buscar suerte en otra parte?

Siempre me dediqué al tema de restaurantes y hoteles. Estuve en Antofagasta, después me vine al sur, pero yo me crié en Río Bueno y siempre me gustó esa zona. Ahí está mi familia. No fue una idea muy pensada, fue más que nada un tema de necesidad: yo quería comer pancito más natural, más integral, y por eso empezamos.

¿Cómo fue ese comienzo, sin vehículo y en plena pandemia?

Empecé con vehículos prestados de amigos y familiares. En ese tiempo tenía una Berlingo que andaba en puras panas. Como en la pandemia no se podía salir a comprar después de cierta hora por el toque de queda, aprovechaba de entregar en las poblaciones, en las oficinas municipales. Así estuve como un año antes de posicionarnos en el sector Calle Ruca, camino a Lago Ranco. Uno nunca sale adelante solo en estos proyectos; siempre se encuentra con personas que lo ayudan en el camino.

¿Cómo te diste cuenta de que el nicho estaba en la vida saludable?

En un principio comenzamos solo con el pan, pero como todos los emprendedores empezamos a probar cositas: galletas, un montón de cosas. Vimos que se estaban abriendo muchos gimnasios en el sur y que la gente ya no consumía tanto pan blanco. Los panes de las marcas más conocidas tienen demasiada sal y azúcar; esos «integrales» tienen bajo porcentaje de integral. Ahí encontramos el nicho. Los mismos clientes nos empezaban a dar ideas. Nos quedamos con el pan saludable, con bajo porcentaje de sal y azúcar, y es a lo que nos dedicamos hoy.

¿Te costó mucho armar la red de distribución?

Fue complicado, no es fácil. De hecho, es hasta doloroso en algunos momentos. Hay que aguantar lo más que se pueda porque van a haber tiempos difíciles, y la mayoría de la gente ahí decae. La gente piensa que cuando emprende va a tener plata al tiro, pero un negocio es como un niño: tú lo haces nacer, pero después tienes que alimentarlo un buen tiempo hasta que empiece a producir.

¿Cómo se transformó en una empresa familiar?

Al año más o menos llegó mi hermano Eduardo, que ahora está a cargo del área de ventas y distribución, y también está mi hermano Marco, que está a cargo de la dirección de la empresa. Encajamos bien. Yo doy el puntapié inicial, la idea. También trabajó mi hermana y mi mamá, que ha sido un pilar fundamental; ella ya no trabaja con nosotros porque tiene sus años, pero en el comienzo fue clave. Los que más creen en uno son la familia.

¿Cómo funciona hoy la logística con tantos puntos de venta?

Estamos funcionando con casi cincuenta puntos de venta distintos. Armamos la red de distribución por rutas: día lunes tal parte, día martes tal ciudad, día miércoles otra ruta. No es tan complicado porque nuestro pan tiene una duración de dos a tres semanas, entonces alcanzamos a armar las rutas sin problema.

¿Y llegar a esa fórmula fue lo más difícil?

Las ventas no son el problema; lo complicado es llegar a la fórmula del producto. Con la harina integral, el pan se demora más en subir y es de alto costo, no es un producto barato. Me quedaba trabajando los fines de semana, los domingos. La fórmula tampoco depende solo de la cantidad de ingredientes: si cambias la marca de la harina, ya es otro tema. Tenemos todo estandarizado. Ahora incluso me metí a estudiar este año, tengo clases de bioquímica con la profesora Yanín en el CFT de La Unión, y eso me ha ayudado a entender mejor un tema que antes veía solo de forma autodidacta.

Me contaste que usan ingredientes locales como el maqui y la harina de centeno.

Necesitábamos diferenciar el producto con algo local. Todos venden pan integral envasado, pero nosotros empezamos a ocupar el maqui, que es de la zona y es antioxidante. Lo lanzamos hace como un mes y ha tenido una salida súper buena. Además hacemos alianzas con los mismos productores locales, igual que con la distribuidora de insumos con la que trabajamos hace años y que partió prácticamente a la par nuestra.

¿Dónde es más fácil vender: en ciudades como Río Bueno y La Unión o en las más grandes como Valdivia y Osorno?

En la ciudad más grande siempre se vende más, pero también cuesta más porque ya hay varias marcas funcionando. Como nosotros somos de la zona de arriba, meternos a Osorno y Valdivia ha costado un poquito más, pero aún así ha sido muy bueno. En verano vendemos el doble, porque llegan turistas de ciudades grandes que ya tienen una concepción de la vida saludable más desarrollada.

¿Y la expansión hacia La Araucanía o incluso Santiago?

Queremos posicionarnos bien dentro de la región, entre La Araucanía y Los Lagos. La expansión es inevitable, tenemos que hacerlo, con más vehículos de distribución y más vendedores. Santiago ya es otro mercado, son ocho millones de personas, no es lo mismo que atender una ciudad de ciento ochenta mil habitantes. Pero se puede partir a puro ñeque y con harta perseverancia; muchos emprendimientos partieron así y se fueron profesionalizando en el camino.

Apoyan a deportistas como Clemente Jaramillo. ¿En qué consiste ese aporte?

El pan saludable que vendemos va de la mano con la vida sana y el deporte. Clemente es bueno en lo que hace y le ha ido muy bien. Buscamos ese perfil de deportistas porque nuestro pan es muy saludable: funcionamos con un setenta por ciento de integral en las mezclas. Queremos seguir ese camino de la vida saludable siempre.

¿Qué crees que tiene tu producto para que las ventas hayan crecido tan consistentemente?

Es versátil. El pan de molde, que es el que más vendemos, se puede hacer al sartén, horneado, comer en frío, se rellena fácil y no hincha, porque las materias que ocupamos no dejan a la persona pesada como pasa con otros panes. A futuro estamos viendo líneas para celíacos y panes con proteína, incluso una versión saludable del pan con chicharrón, pero eso requiere una línea de elaboración y envasado distinta.

Para los emprendedores, ¿por qué es importante entender que el crecimiento implica inversión?

Hay que seguir invirtiendo para crecer, y la verdad es que las inversiones no terminan nunca. Si queremos que el pan se distribuya en todo Chile, no vamos a dejar de invertir. Una cosa es la distribución, que incluso se puede subcontratar, pero la fábrica tiene una capacidad de producción, y llegado un minuto hay que agrandar la fábrica, comprar más maquinaria, aumentar el equipo. Nosotros todavía tenemos capacidad de crecer.

¿Cómo es emprender de verdad, más allá de la idea del autoempleo tranquilo?

No es apto para cardíacos. La mayoría de los días, cuando uno empieza, son días no muy buenos. Pero esos días negativos marcan la diferencia al final del año: si uno no hace nada esos días, se nota. Nunca hay que perder la huella. Tampoco quiero echarle miedo a los jóvenes; lo bueno sería que fueran con harto autoconocimiento y aprendizaje, porque en mi caso, como no sabía mucho, quizás fue más difícil.

¿Cuál es tu mensaje final para quienes están a punto de emprender?

Que se tiren nomás. ¿Qué más se va a perder? Pero que se arriesguen con poco, no con mucho, que vayan tanteando si el negocio es escalable. Hay que arriesgarse, porque uno no tiene muchos años en la tierra, y mejor mil veces hacer algo al tiro. El emprendedor es como un mono porfiado: cada vez que se cae tiene que levantarse, y el que triunfa es el que se levantó una vez más de las que se cayó.

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