En plena pandemia, cuando muchas cocinas se convirtieron en oficina, sala de clases y refugio, Daniela Vega transformó la suya en un pequeño laboratorio de sabor. Lo que comenzó como una receta compartida entre familiares —un pisco sour “bien hecho”, de esos que se recuerdan— terminó escalando a un emprendimiento formal: D´Pica Sour, con patente de alcoholes, producción autorizada, distribución regional y una carta de sabores que se fue construyendo a punta de prueba, error y paladar exigente.
En esta conversación, Daniela cuenta cómo pasó de las clases online en INACAP a tomar decisiones de negocio “de verdad”: formalización, proveedores, burocracia municipal, estandarización de recetas, impuestos específicos del alcohol y expansión comercial. Una historia familiar, hecha en pareja, donde el crecimiento no se mide solo en litros vendidos, sino también en organización, aprendizaje y visión de largo plazo.
—Partamos por el origen: ¿cómo nace D´Pica Sour en plena pandemia?
Partimos en pandemia. En mayo, mi hermana desde Santiago me llama y me pide la receta del pisco sour porque allá “todo el mundo estaba vendiendo” y quería vender en su condominio. Le pasé la receta y la ayudé a estandarizarla con gramajes para que le quedaran iguales. Le empezó a ir bien.
En ese momento le dije a mi marido: “¿y si vendemos pisco sour nosotros también?”. Los dos estábamos trabajando online y era una forma de generar un ingreso extra y movernos un poco. La primera semana se lo ofrecimos a conocidos, familia y gente cercana, porque en pandemia no se podía salir libremente. Y esa primera semana vendimos 22 litros. Ahí dijimos: “esto está bueno”.
Partimos vendiendo en frascos porque no había botellas, y comprábamos pisco y todo en el supermercado: era muy informal. Pero con el boca a boca empezó a crecer y decidimos reinvertir todo lo que entraba. Nos quedábamos hasta tarde exprimiendo limones, todo manual al comienzo. Cuando vimos que “pintaba”, nos acordamos de SERCOTEC y del Centro de Negocios. Los contactamos, nos acogieron al tiro y empezamos el proceso de formalización: “Tu empresa en un día”, y luego todos los trámites para poder vender no solo directo, sino también a locales y distribuir.
—¿La receta era familiar o es una creación tuya?
Es creación mía. Siempre me gustó el pisco sour y como estudié hotelería, tenía nociones de coctelería. Yo era la encargada de prepararlo cuando nos juntábamos. Con tips que fui aprendiendo para consistencia y espumita, fui armando mi receta.
—Al principio ofrecían “pisco sour normal”. ¿Cuándo aparece la idea de innovar en sabores?
Partimos con el tradicional. Y nos dio risa lo de “normal”, porque ¿cuál sería el anormal? Ahí lo cambiamos a “tradicional”. Después se nos ocurrió el jengibre, pero al principio era jengibre en polvo porque no encontrábamos fresco. Luego siguieron combinaciones con albahaca y jengibre, después menta con jengibre, miel de ulmo y, más adelante, cranberry, que es el único rojo. Hoy tenemos ocho variedades.
—¿En qué momento dijiste: “esto va en serio”?
Cuando obtuvimos la patente de alcoholes. Nos costó muchísimo, pero no porque fuera difícil legalmente, sino por burocracia: papeles, idas y vueltas a municipalidad, carabineros, junta de vecinos, papeles que se perdían, plazos que vencían (muchos documentos duran 30 días), y a reiniciar. Fueron nueve meses.
—¿Qué tipo de patente es y por qué no es de las limitadas?
Es una patente clase J, de elaboración y distribución. No es como las patentes limitadas por comuna (las de consumo en local). Aquí no es un lugar donde la gente vaya a tomar: se prepara y se distribuye, eso facilita.
Emprender en pareja, formalizar alcohol y convertir la casa en planta
—¿Cómo ha sido emprender en pareja y partir desde la cocina de la casa?
Nos complementamos bien. Mi marido es más de números y legal, yo soy más operativa. Él armó planillas, ordenó el cuento y se movió harto con papeles. Y sí, partimos en la cocina, pero cuando necesitábamos patente, arrendamos un lugar para poder tramitarla.
Después pasó algo importante: en municipalidad me dicen “¿por qué no sacas microempresa familiar?”. Yo pensaba que no se podía por ser alcohol, pero sí se puede, tipo cervecería. Adaptamos una parte de la casa, fue el SAG a revisar la parte sanitaria, y hoy tenemos un espacio en casa habilitado para producción bajo esa modalidad.
—¿Cómo desarrollan las nuevas variedades?
Probando. Hago muestras con distintas intensidades (más, mediana, menos) y las doy a probar a amigos o familia. La que gana, se lanza.
—¿El cranberry por qué fue tan fuerte?
Porque tenemos un proveedor cercano (Valles del Sur) que trabaja concentrados de frutas. Eso ayuda a estandarizar: viene con grados Brix correctos y azúcar propia de la fruta, entonces no tengo que estar ajustando cada producción.
—¿Se puede adelantar algo de lo que viene?
Se vienen pruebas con frutas de la zona. Todavía no hacemos las muestras, pero si queda bueno, en 2–3 meses podría salir. Igual hay tiempos: etiquetas, diseño, impresión en Santiago, mínimos de cantidad… todo eso toma tiempo.
—Entre “se me ocurrió un sabor” y “sale al mercado”, ¿cuánto puede tardar?
Puede ser desde un mes a seis meses, depende del tiempo que le dedique. La producción del día a día se come la agenda.
INACAP, transición laboral y el factor familia
—¿Qué rol jugó tu formación en hotelería en el negocio?
Fue base. Saber estandarizar recetas para que siempre sean iguales, y aprender a trabajar en línea para ser eficiente. Es coctelería aplicada a producción.
—Pasaste de hacer clases en INACAP a dedicarte 100% al emprendimiento. ¿Cómo fue esa transición?
Estuve como un año y medio con ambas cosas. Al principio, con clases online, podía avanzar entre tiempos. Pero cuando volvieron las clases presenciales, se complicó: ya no daba el tiempo, tocaba trabajar de noche para producir y cumplir pedidos. Cuando vimos que el emprendimiento andaba bien, hablé con el vicerrector, súper abierto. Tomé la decisión pensando en mis hijos: tengo dos niños y quería estar presente. Hoy incluso me acompañan a repartir; es bien familiar.
—¿Cuándo se volvió “rentable de verdad”?
Después de 3 a 4 años. Al principio era “extra”, porque ambos teníamos sueldo. Con el tiempo compras por volumen, encuentras proveedores, bajas costos y ordenas operación. Además está el factor fuerte: en alcohol pagas IVA y un impuesto específico (en destilados), y eso pega. Al inicio, cuando era informal, todo quedaba “adentro”. Cuando formalizas, duele, pero es parte del juego.
Crecimiento comercial, puntos de venta y expansión regional
—¿Cómo crecieron en puntos de venta?
El Centro de Negocios SERCOTEC ayudó mucho con el programa Osorno Compra Local y convenios. Partimos con locales como La Hormiguita, Tremar, panaderías, y después fuimos sumando por gestión directa: botillerías, panaderías y contactos que llegaban por entrevistas radiales. En Osorno se distribuye en varios puntos, y también llegamos a Cascadas (Emporio Alemán), donde es más estacional, pero en verano sube fuerte por el turismo.
—¿Qué aprendizajes o errores han marcado el camino?
Aprendizaje constante. Una vez nos estafaron con etiquetas: transferimos el 50% y nunca llegaron. Fue un golpe, pero aprendizaje: ser más cuidadosos con proveedores. También pasa con materias primas como albahaca y menta: algunos proveedores funcionan un tiempo y después desaparecen. Hoy ya tenemos proveedores más estables y eso permite planificar producción semanal.
—¿Planes de expansión?
Sí: primero Región de Los Lagos (Frutillar, Puerto Varas), y después Región de Los Ríos (Valdivia, La Unión, Río Bueno). La lógica es crecer donde podamos distribuir nosotros sin externalizar logística. Más adelante, si todo funciona, pensar en Araucanía u otras zonas. El objetivo no es Santiago: preferimos ciudades más chicas y mantener la receta sin “masificar” al punto de tener que cambiarla. Esa consistencia es clave para fidelizar.
Eventos y “Granny Sour”: el pisco sour en formato frappé
—¿Qué es el producto para eventos, tipo frappé?
Es el Granny Sour. Pensamos: si vamos a eventos masivos, ¿cómo lo servimos rápido y siempre helado? Compramos una máquina de granizado y lo adaptamos. Para que funcione como frappé necesita cierta cantidad de azúcar, se ajustó la receta… y fue furor. Ahora vamos a eventos (como ferias) y también se arrienda la máquina para matrimonios, cumpleaños y eventos de empresa: se instala y se puede incluir servicio de atención.
Cierre
—Para cerrar: ¿qué consejo darías a quien tiene una idea en casa y aún no se atreve?
Que evalúe pros y contras, pero que muchas veces los “pros” pesan más: trabajar por algo propio, con horarios más manejables, más tiempo con la familia, y un proyecto que crece si le pones energía, innovación y constancia. No es fácil, pero da frutos.









