“Si esto sigue así, vamos a encontrar en algún momento floraciones nocivas más recurrentes”. Con esa advertencia, el investigador de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile, Carlos García, abordó el actual estado del Lago Llanquihue, en una entrevista en el medio local The Puerto Varas.
El académico lidera el proyecto “Evaluación de la contaminación ambiental orgánica e inorgánica en ambientes acuáticos”, financiado por la Agencia Internacional de Energía Atómica y desarrollado junto a los municipios de Puerto Varas, Llanquihue, Frutillar y Puerto Octay. El monitoreo contempla cerca de 10 puntos por comuna y analiza variables morfológicas, moleculares, físico-químicas e isotópicas, estas últimas clave para determinar el origen del contaminante: agrícola, urbano, industrial o por escorrentía.
De lago oligotrófico a condición mesotrófica
Mientras los registros de la Dirección General de Aguas suelen catalogar al Lago Llanquihue como oligotrófico —es decir, con baja concentración de nutrientes— García sostiene que, bajo un análisis ampliado con más de 50 puntos de evaluación, el lago presenta actualmente una condición mesotrófica. Esto significa un estado intermedio entre sano y eutrofizado, con mayores concentraciones de nutrientes como nitrógeno y fósforo, y aumento del índice de clorofila.
“Cuando uno amplía la muestra y analiza la variabilidad zonal, el cuerpo de agua presenta muchas fluctuaciones. Y al analizar esos datos en conjunto, el resultado es un estado medio”, explicó el investigador.
Coliformes y brechas en el monitoreo
En marzo de 2025, el equipo detectó presencia de coliformes fecales en ciertos sectores, particularmente en zonas urbanas como Puerto Varas. Según García, los niveles tienden a aumentar en invierno por efecto de lluvias y mezcla de aguas servidas con aguas lluvias, pero también presentan alzas en verano, especialmente en playas recreativas donde existen viviendas sin conexión formal a alcantarillado.
El académico advierte una brecha entre los monitoreos constantes realizados por equipos científicos y los muestreos esporádicos de la autoridad sanitaria. “Cuando se monitorea de manera continua, se observa que los niveles aumentan regularmente en el primer trimestre del año. No es una condición óptima permanente”, sostuvo.
Riesgo de floraciones y efectos a futuro
Si las concentraciones de nutrientes continúan aumentando, el lago podría experimentar más proliferaciones de micro y macroalgas, fenómeno ya observado recientemente en Frutillar y anteriormente en 2016. Aunque estas floraciones no siempre son tóxicas en su fase inicial, su repetición y aumento en frecuencia podría afectar playas recreativas, el turismo e incluso el uso del agua para riego.
García comparó la situación con lagos como Vichuquén y Villarrica. En Vichuquén, la proliferación de cianobacterias provocó la muerte de mascotas y generó alertas sanitarias. En el caso del Llanquihue, no existen registros de mortandad animal, pero sí antecedentes de reacciones alérgicas cutáneas en personas, especialmente niños, cuya relación con microalgas aún está en estudio.
“El lago está lejos del nivel de Vichuquén, pero eso no significa que no estemos avanzando hacia efectos nocivos si la contaminación continúa”, advirtió.
Parcelaciones y presión antrópica
Uno de los factores de preocupación es el aumento de parcelaciones en la cuenca, que superan las 10 mil. No existe certeza de que todas cumplan con normativa adecuada de tratamiento de residuos domiciliarios. La falta de fiscalización y la ausencia de conexiones formales a alcantarillado en algunas zonas agravan el escenario.
El investigador también cuestionó la necesidad de actualizar la norma secundaria del lago y avanzar hacia una norma primaria específica para lagos a nivel nacional, enfocada en salud pública. Países como Brasil y Uruguay ya cuentan con regulaciones más estrictas en esta materia.
Medidas locales bajo evaluación
En cuanto a iniciativas como humedales artificiales en Frutillar o monitoreos permanentes en Puerto Varas, García señaló que su efectividad dependerá de contar con estados basales claros, identificación precisa de contaminantes y monitoreo constante con laboratorios acreditados y trazabilidad de muestras.
“Medir no es suficiente. Hay que medir bien, con frecuencia adecuada y puntos representativos. Si se seleccionan solo sectores de bajo impacto, los resultados pueden no reflejar la realidad completa”, concluyó.









