En Osorno, lejos de las vitrinas masivas y las prendas repetidas, existe un tipo de diseño que no se fabrica: se conversa, se siente y se construye con historia. En esta entrevista, la ruta no va por el retail, sino por un taller donde el color tiene intención y cada chaqueta puede transformarse en una obra irrepetible. El relato mezcla arte, maternidad y propósito, pero también algo más grande: una comunidad de mujeres que decidió levantar un espacio colaborativo cuando la incertidumbre era la norma.
La protagonista de esta conversación, Carolina Carrillo, más conocida como Caro Itana, lleva años demostrando que se puede emprender desde el arte sin perder lo esencial: lo humano. Desde prendas pintadas a mano y elaboradas con materiales reutilizados, hasta la gestión de un concept store que hoy reúne a decenas de emprendedoras en una casa azul de Osorno, esta historia pone en el centro la creatividad como oficio, la sostenibilidad como convicción y la colaboración como camino.
—Caro, cuéntanos ¿Cómo nace este proyecto y qué te inspira a emprender desde el arte, mezclándolo con la maternidad?
Comienza alrededor del 2018. Mi formación es en Artes Visuales y trabajé durante años en colegios, además de una experiencia en Teletón Arica. La maternidad fue un punto clave: compatibilizar horarios completos de docencia con estar presente como mamá era muy difícil. Quise buscar un camino que me permitiera estar más disponible para mi hijo, que en ese momento era muy pequeño, y al mismo tiempo dedicarme a algo que amara y que estuviera ligado al arte.
En Teletón no era docencia tradicional, sino talleres de arteterapia. Eso me abrió la cabeza: empecé a explorar otras formas de creación, como pintar tablas de surf. Y siempre tuve afinidad con la ropa, el color y el reciclaje. Un día vi una chaqueta y pensé: “la voy a pintar, a ver qué pasa”. Me encantó desde el primer día y hasta hoy sigo en eso.
—¿Cada pieza es realmente única, aunque se intente repetir un diseño?
Sí. Aunque uno quisiera hacer algo igual, nunca sale igual. El trabajo es personalizado, entonces no existen dos diseños idénticos.
—¿Cuál es el sello de tu trabajo? ¿Cómo se construye una identidad en este tipo de diseño?
El sello se encuentra en el camino, no aparece de inmediato. Lo mío siempre fue el color, pero también el sentido: que el trabajo tenga amor, que tenga alma. Y algo muy importante: la relación con las clientas. Con muchas se genera una cercanía que termina en amistad.
Creo que mi sello está en contar la historia de una persona en una obra de arte… pero que luego se puede vestir.
—¿En qué momento se incorpora la reutilización de prendas y telas recicladas como parte central del proyecto?
El reciclaje es, literalmente, el corazón. Empecé a buscar prendas que ojalá tuvieran historia, personalidad. Es más fácil darle vida a algo que ya estaba “muriendo”: una prenda que alguien iba a botar, algo que ya no gustaba, que estaba en desuso. Transformarlo tiene sentido creativo y también conciencia ambiental.
Muchas amigas me traen prendas, jeans, telas. Y esto también es una forma de educar: inculcar a niños y a las familias la idea de reutilizar, de volver a poner en uso algo que ya estaba descartado.
—Lo que haces es arte aplicado a ropa: pintura, retazos, mezclas. ¿Cómo es el proceso creativo con cada persona?
Es profundo. Cuando alguien me encarga algo, necesito conocerla. Mi trabajo es muy colorido, no es algo que todo el mundo se atreva a usar, entonces tengo que entender quién es, qué siente, qué se atreve y qué no.
Se trabaja en conjunto: traen ideas y vamos armando. Yo muestro el proceso: “mira, estoy haciendo esto… ¿te tinca si le ponemos esto? ¿y si sacamos esto otro?”. Se parte con una idea, pero muchas veces se termina con algo totalmente distinto. Es un trabajo colaborativo con la clienta.
—¿Qué se siente encontrarse con una prenda tuya en la calle?
Es muy emocionante. A veces no me pasa directamente, pero me dicen: “vi a alguien en el mall con un bolso o una chaqueta tuya… se nota al tiro”. Eso es precioso.
Y también es gratificante saber que el trabajo viaja: no por querer “ser famosa”, sino porque algo hecho a mano, único, aparece en otro lugar, incluso fuera de Chile, porque alguien lo compra acá y lo envía a familiares en el extranjero. Ver tu obra en otro contexto es muy potente.
—¿Hay una historia detrás de cada prenda?
Sí, siempre. Todas las personas son distintas, llegan con una emoción o un recuerdo: “esta chaqueta la amé toda la vida, pero se me rompió, ya no la puedo usar… ¿qué podemos hacer?”. Ahí aparecen mil ideas. Todo tiene historia, y eso es lo más bonito.
Comunidad y colaboración: una casa azul que se transformó en punto de encuentro
—Además del taller, trabajas en un espacio físico colaborativo. ¿Cómo nace ese proyecto?
Cuando volví de Arica, no quería volver a la docencia por un tema de compatibilizar la maternidad. Con amigas en Osorno empezamos a pensar: “¿y si hacemos algo juntas?”. Todas tenían emprendimientos distintos. Buscamos un lugar sin saber mucho, pero con ganas.
Ese espacio fue de los primeros concept store colaborativos en Osorno. Éramos como siete amigas. Con el tiempo se integraron más mujeres. Hoy quedan dos administrando, pero seguimos siendo amigas: trabajar juntas es bonito, aunque no siempre es fácil.
Lo especial es que el lugar lo hicimos nosotras: muebles, repisas, letreros… todo pintado y creado a mano. Eso le dio identidad desde el inicio.
—¿Dónde está ubicado actualmente el espacio?
Primero estuvo en O’Higgins, en un segundo piso. Después vinieron estallido social y pandemia, y decidimos cambiarnos. Hoy está en Prat 1435, bajando por el hospital: es una casa azul muy reconocible, la única casa azul de esa cuadra. Actualmente reúne a cerca de 20 emprendedoras.
—¿Qué se encuentra ahí?
De todo: ropa infantil, diseño de autor, accesorios, ropa de mujer, amigurumis. Hay servicios también: oficinas, fonoaudióloga, manicure, marketing, terapias. Es un lugar donde puedes encontrar regalos, prendas y servicios en un ambiente acogedor.
—¿Es un espacio de mujeres?
Sí, son mujeres, y la mayoría de productos y servicios están orientados a mujeres y niños. En la práctica, son las mamás las que sostienen gran parte de las decisiones de compra, así que el espacio fue creciendo en esa dirección.
—¿Qué aprendizajes te deja emprender colaborativamente con otras mujeres?
A mí me gusta el trabajo en equipo. Siento que juntas florecemos más. No trabajar desde la competencia, sino desde el aprendizaje, la confianza y el entender que no todo lo tienes que hacer tú sola.
Con muchas hay amistad desde el día uno. Y recomiendo mucho ese camino: trabajar con otras fortalece.
—¿Cómo se vive el espacio como experiencia, más allá de la venta?
Se hacen actividades: ventas nocturnas, encuentros, música en vivo en verano, mercaditos afuera, invitaciones a emprendedoras que no son del espacio. Es un lugar abierto a la comunidad: vecinos que van por un regalo, por ropita para nietos o hijos. Es cálido, cercano, muy de barrio.
Emprender desde el arte: nicho, conservadurismo y redes sociales
—¿Cuál ha sido el mayor desafío de emprender en un rubro tan específico y personalizado?
Osorno es una ciudad conservadora y mi trabajo es muy colorido. No cualquiera se atreve a usar una obra de arte para vestirse. Entonces cuesta posicionarlo localmente.
Pero las redes sociales han sido clave: permiten llegar a todo el mundo. Y en maternidad también hay un equilibrio: emprender no significa estar “libre”, pero sí tener libertad para estar en los momentos importantes de los hijos. No ha sido fácil, pero es lo que amo. Me levanto contenta a trabajar, y eso es hermoso.
—¿La pasión es una condición para sostener un emprendimiento creativo?
Sí. Puedes vender cosas comprando y revendiendo, pero crear lo que vendes tiene algo distinto. Crecer en tu área, vivir de tu oficio… eso llena el alma. Levantarte y saber que vas a trabajar en lo tuyo todos los días es reconfortante.
—¿Por qué Instagram como red principal?
Es visual e interactiva. La gente no quiere ver solo el producto terminado: quiere ver el proceso, el taller, la historia del día a día. Es una ventana donde pueden verte desde cualquier lugar del mundo.
—Mirando hacia atrás desde 2018, ¿cómo ves tu crecimiento?
Uno crece con porrazos, pero eso te da claridad. Yo no pretendo ser una gran marca, pero sí una marca con sentido, con relación humana con los clientes.
A veces me toca hacer réplicas de otros artistas, pero siempre queda la mano propia, no es igual. El crecimiento es entender mejor qué quiero y sostener esa coherencia.
—¿Qué consejo le darías a alguien que quiere emprender desde el arte?
Si amas lo que haces, en el camino va a resultar. Te van a pasar cosas, vas a escuchar muchos “no”, pero hay que empezar desde donde estás, con lo que tienes. No quererlo todo de inmediato. Seguir adelante, ser valiente.
La vida es ahora. Es triste levantarse todos los días para ir a un lugar que no te gusta. En cambio, levantarte amando lo que haces… con los años lo vas a agradecer.
—¿Quiénes son las personas que se atreven a vestir estas prendas únicas?
Personas con personalidad. Gente que valora el medio ambiente, la reutilización, que ama el arte y entiende una prenda como obra de arte. Y también quienes buscan algo irrepetible: una chaqueta así no la vas a encontrar en el mall. Hay que atreverse.
Mirada a futuro: crecer sin perder lo esencial
—¿Qué sueñas para los próximos años?
Seguir trabajando en comunidad. Colaborar con otras mujeres que trabajen arte. Crear cápsulas temáticas, talleres, enseñar lo que hago. También me gustaría enseñar el camino: cómo se empieza, cómo se sostiene.
—No buscas “explotar” la marca ni entrar al retail. ¿Por qué?
Porque sería incoherente. Esto es personal, único, lento. No es un producto masivo. Pintar una chaqueta no se termina en un día: hay conversación con la clienta, ideas, ajustes, proceso. Si se vuelve grande al estilo retail, se pierde el corazón: lo personalizado.
—¿Cuánto tarda un encargo desde que llega la clienta hasta que se lleva su prenda?
Depende de la agenda, pero en general alrededor de un mes. Es harto tiempo, pero es un proceso creativo completo.
—Y ese proceso también se refleja en el valor del producto…
Sí, porque es trabajo artístico hecho a mano. Tiene un valor, como una obra. No es excesivo comparado con otros lugares, pero sí corresponde a algo único y elaborado.
—Para cerrar: ¿una invitación concreta para quienes nos leen y quieren conocer este trabajo?
La invitación es a visitar el espacio colaborativo en Prat 1435, en la casa azul. Ahí se encuentra este trabajo artístico y el de muchas otras emprendedoras, además de servicios complementarios. Es un lugar donde siempre hay algo que descubrir.









