Barham Amor es, hoy, uno de los rostros más reconocibles del básquetbol del sur de Chile. Capitán y referente de Español de Osorno, seleccionado nacional, campeón de la Supercopa y subcampeón de la Liga Nacional de Básquetbol, el base acaba de sumar una cifra que muy pocos alcanzan en el país: más de 500 partidos disputados en la máxima categoría del básquet chileno. A sus 30 años, y con casi tres temporadas defendiendo la camiseta osornina, es también kinesiólogo de profesión, una faceta que compatibilizó durante años con la exigencia del deporte de alto rendimiento.
Nacido en Quilpué pero criado toda su vida en Valparaíso —»osornino por adopción», como él mismo se define—, Amor fue el invitado del segundo capítulo de Mirada Sur Deportes, el espacio de Mirada Sur TV conducido por el periodista Pablo Javier Cárdenas y presentado por Nuevos Aires Osorno. En una conversación distendida, el capitán repasó sus orígenes en el deporte, su formación en la Quinta Región, su paso por Los Leones, la Universidad de Concepción y el fútbol —perdón, el básquet— en el extranjero con Spartans de Ecuador, además de sus sueños pendientes y la tarea que aún siente en deuda con Español de Osorno.
Del fútbol al básquetbol: una decisión a los trece años
Pablo Cárdenas: ¿Cómo comienza tu historia con el básquetbol?
Mi papá era entrenador, jugó básquetbol en la antigua Dimayor, y mi mamá también fue jugadora. Toda mi familia siempre ha estado muy ligada al básquetbol y al deporte. Pero yo empecé jugando fútbol hasta los doce, casi trece años. El básquet no me llamaba la atención, la verdad, y mis papás en ningún momento me lo impusieron. Se dio de forma natural: un amigo de mi papá, que también era entrenador, me invitó a jugar y por ahí enganché. Hice mis primeros pasos en el club Israelita, allá en Viña del Mar. Después llegó un punto en que tuve que decidir si seguía con el fútbol o me dedicaba al básquet. Como estaba recién empezando y me estaba gustando mucho, me quedé en el básquet. Y no me arrepiento.
En la Quinta Región el fútbol es el deporte más popular. ¿Costó tomar ese camino distinto?
Sí, a diferencia del sur, donde muchos deportes se hacen en gimnasio techado, allá el fútbol se vive como el deporte más popular. Pero el básquet me había gustado demasiado y decidí quedarme. Estuve en Israelita hasta los diecisiete años, jugando en series menores, hasta que me cambié de equipo.
¿Hubo un momento en que entendiste que esto podía ser tu proyecto de vida?
Empecé a jugar Liga Nacional a los dieciséis, en un club que se llama Sagrados Corazones, a préstamo. Ahí se me empezaron a abrir opciones, como una beca universitaria en la Católica de Valparaíso. Empecé a ver que a través del básquet se me iban abriendo puertas, que me iba pavimentando el camino del futuro sin saber que más adelante esto sería mi trabajo. A medida que avanzaba, me fui dando cuenta de lo que podía lograr y hasta dónde podía llegar si le dedicaba el tiempo que requiere.
Estudios y alto rendimiento: «Te mentiría si te digo que fue fácil»
Hoy eres kinesiólogo. ¿Cómo compatibilizaste los estudios con la carrera profesional?
Te mentiría si te digo que fue fácil. Fue duro. En ese momento estaba en Los Leones, entrenaba al nivel que exige un equipo profesional y a la vez tenía que cumplir con la universidad y con la beca. Tenía que organizarme muy bien. En ese tiempo el formato de Liga era distinto, no era por zonas, así que había viajes largos: a Chiloé para jugar contra Castro o Ancud, a Valdivia, a Osorno. Partíamos el jueves en la noche y volvíamos el lunes al mediodía, entonces me perdía clases el viernes y el lunes en la mañana. Me llevaba todas mis cosas para estudiar durante el fin de semana y en los viajes. Con un buen grupo de estudio y con mi pareja, la Ale, que la conocí en la universidad y fue un pilar fundamental, se logró. Yo tenía claro que quería titularme, pero sin dejar de jugar. Con harto trabajo y pocas horas de sueño, finalmente se logra.
Una trayectoria por tres países
Los Leones, Universidad de Concepción, Spartans de Ecuador y Español de Osorno. ¿Qué te dejó cada experiencia?
Los Leones me dio la oportunidad de iniciarme en el profesionalismo. Llegué con dieciocho años y me hicieron un contrato de cuatro años, algo totalmente nuevo para mí. Aprendí mucho, hice grandes amistades y entendí lo que significa el profesionalismo, aunque al principio me costó. Recuerdo que el presidente, muy estricto, siempre trataba de compararnos con clubes del extranjero, de Uruguay o Argentina. Una vez me dijo que me preocupara más de mi físico, que había jugadores de treinta o cuarenta años en Uruguay que estaban mucho mejor preparados. Yo era un chico de dieciocho, diecinueve años y le respondía que a ellos les pagaban para que ese fuera su trabajo cien por ciento. Con el tiempo entendí que, si querías llegar a eso, tenías que empezar a prepararte desde ahora. Estuve ahí ocho años y medio y no tengo nada que decir.
Después me vine a Osorno, y acá vi cómo se vive el básquet en el sur: la gente se siente identificada, partícipe, representada por su ciudad. Hay una cercanía entre el jugador y el hincha que en Leones quizás no se daba tanto. Es una ciudad nueva en cuanto al básquet, sin tanta historia, y por eso la gente te exige un poquito más, sobre todo en los clásicos con Valdivia. También tuve un paso de un mes por la U de Concepción, para reforzar de cara a la Champions, una de las instituciones más grandes y ordenadas del país. Y estuvo Ecuador, con Spartans: mi primera experiencia en el extranjero, dos meses y medio. Una buena primera experiencia afuera, contento de haberla vivido.
La deuda con Osorno y los 500 partidos
Llegaste a ser capitán y referente de Español de Osorno. ¿Qué significa representar al club de tu ciudad y sientes que hay una tarea pendiente?
Voy a partir por el final: sí, hay una tarea pendiente, que es lograr un título de Liga Nacional. En estos tres años ya llevamos dos finales, ambas perdidas con Leones, la de 2022 y la más reciente. Ese es un tema pendiente con el club y con la ciudad, y espero que podamos alcanzarlo. Respecto a la capitanía, se ha ido dando de forma natural, con trabajo, entrega y compromiso. No fue un rol autoimpuesto ni forzado; me lo han hecho sentir tanto la gente como mis compañeros. Acá en el sur te recalcan mucho el peso que tiene la capitanía, y es algo que uno asume.
Alcanzaste los 500 partidos en la Liga Nacional, algo que muy pocos logran.
Sí, los alcancé hace un mes aproximadamente. Según lo que conversábamos antes del programa, creo que Nacho Carrión también está en esa cifra, y debe haber algún otro. Empecé a los dieciocho en Leones y ya tengo treinta, así que son hartos años y hartos partidos encima. Estoy feliz de estar dentro de ese pequeño grupo que se ha podido mantener en el tiempo, y espero que sean muchos más.
La camiseta de Chile: orgullo y una espinita
¿Qué sentiste con el primer llamado a la selección adulta?
Desde chico es un orgullo representar a la selección; estuve en la Sub 15 y la Sub 18. No hay mayor logro para un deportista que representar al país, ponerse la camiseta, cantar el himno en el extranjero o en Valdivia con el gimnasio lleno. Uno siempre se prepara esperando ese llamado, que puede llegar o no, pero es mejor que te pille preparado. Hoy la selección está en un nivel altísimo y ganarse un puesto es durísimo, así que estar en la nómina es solo orgullo.
¿Cómo ha sido tu aporte a la Roja cestera?
Estuve en las últimas dos ventanas, ante Brasil de local y de visita, y después contra Venezuela y Colombia. No tuve muchos minutos. El único partido en que jugué más fue contra Brasil de visita, donde hice un buen desempeño. Pero para los momentos importantes los entrenadores tienen a sus jugadores de confianza, y yo iba como segundo y tercer base. No fue sorpresa, sabía a lo que me enfrentaba, pero me hubiese gustado jugar un poquito más. Me queda esa espinita.
¿Cuál es la fórmula para que un basquetbolista chileno llegue a la NBA?
Difícil pregunta. El que ha estado más cerca hoy es un jugador chileno que está en la G-League. Creo que la gran deficiencia del jugador nacional es el nivel de atleticismo: no somos tan atléticos para una liga donde todos corren, saltan y defienden a una intensidad altísima. Tendría que ser un jugador que se dedique desde chico, como se preparan allá, física, basquetbolística y mentalmente.
El armador, los ídolos y una palabra que lo define
¿Cómo entiendes la posición de base armador?
Hay tipos y tipos de armadores. Están los más anotadores y los que ordenan el juego. A mí me gusta más ordenar, trasladar la idea del entrenador a la cancha lo más apegado posible. Hay que tener liderazgo y personalidad, porque uno está gritando, ordenando, recordándole al compañero lo que tiene que hacer. Es harta responsabilidad, porque el funcionamiento del equipo pasa mucho por cómo ande el base. Si uno se desconcentra, eso se transmite al resto. Es una posición difícil e ingrata: cuando el equipo anda bien te llevas parte del crédito, pero cuando anda mal también te critican mucho. Es parte de la posición.
¿Cuál ha sido el momento más importante de tu carrera?
Yo diría que el cambio de Leones a Osorno. Fue inesperado; me quedaban dos años de contrato y no estaba en un buen momento allá. Decidí cambiar el rumbo con muchas dudas y temor, porque no sabía lo que venía después, y la verdad es que solo han sido cosas buenas. Me hizo madurar mucho como jugador y, principalmente, como persona. Hoy no sería el jugador que soy sin ese cambio.
Un bloque más relajado: el jugador más talentoso con el que compartiste y el rival más complicado.
El más talentoso, a nivel nacional, Darryl Jones. Creo que ni él sabe el talento que tiene. Y el más difícil de enfrentar, Nicolás Laprovittola, «la vitola», que hoy está en el Barcelona. Me tocó enfrentarlo cuando él estaba en Flamengo, en una Liga de las Américas. Jugaba trotando y era increíble, dificilísimo. De la Liga Nacional, Lawler es difícil de defender, muy inteligente, maneja bien los tiempos. Y Franco también es un jugadorazo, sobre todo cuando se le calienta la mano.
Si armaras un quinteto histórico mundial, ¿quiénes serían?
De base, Milos Teodosic. De alero-escolta, un tirador como Ray Allen. Fanático de Kobe, no lo puedo dejar fuera. Dirk Nowitzki. Y de interno, Hakeem Olajuwon. Con esos cinco, a la guerra. Yo sería el entrenador.
Y con compañeros de tus distintos equipos, ¿cómo quedaría tu quinteto ideal?
De base pondría a Seba Carrasco. Después Carlos Carroll, Nacho Carrión y un argentino con el que jugué en Leones, Omar Cantón. Ahí también me tocaría dirigir.
Si tuvieras que definir tu carrera en una sola palabra, ¿cuál sería?
Perseverancia. Desde que empecé nunca fue un camino fácil. En Leones era muy intermitente, entraba, jugaba bien, y después pocos minutos de nuevo. Hasta que hice un clic, cambié mi entrenamiento físico y empecé a ganarme los minutos en base a esfuerzo. Esa ética de trabajo no cambió cuando llegué a Osorno, al contrario. Así logré llegar a donde estoy, vivir del básquetbol, jugar por la selección. Todo eso lo conseguí con perseverancia, porque en algún punto, cuando las cosas no van tan bien, es más fácil rendirse. Y yo me mantuve.
Un mensaje a la hinchada
Para cerrar, un mensaje a la afición de Español de Osorno de cara a la nueva Liga Nacional.
Se viene una temporada distinta, porque no voy a estar durante al menos dos meses. Estoy lesionado, mucha gente ya lo sabe, y por eso el apoyo de la afición va a ser más importante que nunca, para que el equipo se sienta respaldado y podamos seguir en esa senda de buenos resultados para la ciudad. La gente no tiene que desmotivarse porque falten uno o dos jugadores, sino seguir confiando en el trabajo diario del equipo. Esa es la única forma de tirar todos para el mismo lado y volver a tener una temporada exitosa. Y si no se da, llegar lo más lejos que podamos. Al final, la Liga te ubica donde mereces estar, pero todo el equipo está trabajando para una temporada llena de éxitos para Osorno.









