Desde la prensa y las comunicaciones institucionales hasta el vértigo de emprender con una tienda propia, Daniela Asenjo hizo un giro radical: dejó la rutina del trabajo estatal, los viajes permanentes a Puerto Montt y la comodidad de lo seguro para apostar por lo esencial. Periodista osornina, madre y creadora de La Vaquita, Daniela construyó una marca que no se limita a vender productos: transmite identidad, recuerdos y cariños del sur.
La Vaquita nació como una respuesta a una necesidad cotidiana —regalar bien, con intención y sin perder tiempo—, pero terminó convirtiéndose en un homenaje a la vida simple, al campo, al orgullo de ser sureños y a esos detalles que conectan con historias personales. En esta entrevista, Daniela cuenta cómo la maternidad le dio el empujón decisivo, cómo una ciudad “llena de vaquitas” escondía una oportunidad que nadie estaba abrazando del todo, y por qué la personalización no es un servicio extra: es el corazón emocional del negocio.
—Has tenido una trayectoria sólida como periodista. ¿En qué momento empezaste a sentir que era hora de hacer un cambio?
Desde que estudié periodismo me di cuenta de que la tecnología avanzaba a una velocidad sorprendente. Me tocó vivir un “terremoto” en las comunicaciones: pasamos de la prensa escrita en kioscos, con diarios y revistas, a estar todos con el celular en la mano. Eso convirtió el trabajo en un desafío constante y cambió todo muy rápido.
Después llegué al mundo público, al Ministerio de Agricultura, y eso me conectó profundamente con el campo y con el sur. Viajé mucho, conocí rincones de la región y gané mucho bagaje del agro. Luego vino la pandemia y otra reinvención: pasé de trabajo en terreno a teletrabajo, y armamos webinars para capacitar a agricultores y extensionistas. Los cambios han sido recurrentes en mi vida laboral.
Y después ocurrió algo que me cambió completamente la mirada: quedé embarazada. Yo había decidido no ser mamá, ya había pasado los 40, no tenía presión familiar, y sentía que mi estilo de vida profesional no dejaba espacio para la maternidad. Pero llegó mi hijo Benjamín y tuve que replantearme todo. Evalué si era viable levantarme a las 6 am para ir a Puerto Montt, volver a las 8 pm y criar… y concluí que no era viable. Quería ser una mamá presente. Ahí se produce el vuelco y nace La Vaquita.
—¿Fue difícil dejar un trabajo estable y lanzarte a lo desconocido?
Sí, siempre es difícil. Los periodistas somos versátiles y estamos acostumbrados a los cambios, pero igual cuesta dejar un empleo seguro, un sueldo seguro y esa sensación de “mínimos” que te da estabilidad. Para dar el salto se necesita un empujón, y en mi caso ese empujón me lo dio la maternidad. Fue difícil convivir con la incertidumbre y con no tener un camino trazado, pero también era un sueño con sentido.
—¿Sientes que maternidad y emprendimiento se parecen?
Mucho. La maternidad te hace aprender e innovar todos los días. Ningún consejo ni modelo de madre alcanza, porque un niño te sorprende siempre: cambian planes, rutinas, aparecen enfermedades… y el emprendimiento es parecido. Todos los días tienes que leer el mercado, recibir retroalimentación y ajustar. En mi caso, maternidad y emprendimiento se conectaron y se potenciaron.
—Se suele idealizar el emprendimiento como “más tiempo libre”. ¿Cómo lo has vivido tú?
Estoy de acuerdo en que se idealiza. Sí hay flexibilidad, pero también trabajas más horas que antes. Para que funcione tienes que ponerle toda tu energía. La diferencia es que la flexibilidad es real y valiosa: por ejemplo, en las mañanas hasta las 10 puedo estar con mi hijo, y eso es impagable.
—¿Qué te inspira hoy como mujer, madre y emprendedora osornina?
Los clientes. Conversar con ellos. Me di cuenta rápidamente de que existe un orgullo real por ser osornino. Siempre se dijo que “Osorno no tiene identidad” o que somos “fomes”, pero en la tienda he visto lo contrario. Cuando se instalaron las vaquitas en el centro y la gente empezó a fotografiarse, algo se activó: orgullo sureño, orgullo de vivir en una ciudad donde llueve, sale el sol, hace frío en invierno.
La gente llega y me cuenta historias: “me crié en el campo”, “mis papás son agricultores”, “estoy estudiando veterinaria”… y esas historias me dan ideas de productos. Y por supuesto mi hijo, porque mientras él descubre el mundo, yo también descubro el emprendimiento.
Cómo nace “La Vaquita” y por qué tenía que ser en Osorno
—¿Cómo nace la idea de La Vaquita como marca?
Queríamos levantar un emprendimiento con sentido para nuestra familia y también para la ciudad. Yo venía de capacitaciones de emprendimiento donde te insisten en algo clave: lo que tú traes es parte del negocio.
Yo vengo de una familia numerosa, y todos los meses tenía que pensar en regalos: cumpleaños, celebraciones, eventos familiares. Me tomaba mucho tiempo definir qué regalar y además requería presupuesto mensual. Ahí pensé: esta necesidad no es solo mía, debe ser de muchas personas. Entonces nació la idea: una tienda de regalos.
Pero faltaba conectar con Osorno. Vimos nombres, ideas, enfoques… y un día mi hermano me manda una foto de mi sobrina en Puerto Varas en una tienda de puros patitos. Y yo pensé: si allá existe una tienda de patitos, ¿por qué no puede existir en Osorno una tienda de vaquitas, si llevamos más de 100 años ligados a eso? Empezamos a investigar y vimos que había pocos productos que dijeran “Osorno” de forma clara, tipo souvenir. Había artesanía, pero no un concepto así.
Además yo veía que la gente se sacaba muchas fotos con las vaquitas del centro. Había una conexión emocional evidente. Y decidí abrazar esa idea.
—¿Influyó tu experiencia en el Ministerio de Agricultura en esta visión?
Sí, totalmente. Por mis viajes veía vaquitas en todas partes: te mueves a cualquier lado de Osorno y están en las praderas. A los turistas les llama mucho la atención lo verde y la cantidad de vaquitas. Para nosotros, a veces, se vuelve paisaje y dejamos de verlo. Trabajar en Agricultura me permitió adentrarme en el Osorno rural y eso alimentó mucho la idea.
Qué vende La Vaquita y por qué la personalización es el corazón del negocio
—Cuando alguien lee “La Vaquita”, piensa en vaquitas, pero ¿qué tipo de productos venden en concreto?
Es una tienda de regalos y souvenirs ubicada en calle Cochrane, a pasos de Ramírez, en un barrio comercial tradicional con mucha vida. Vendemos productos para toda la familia: tazones, mugs, termos, cuadros, delantales y muchos otros artículos que personalizamos con vaquitas, volcanes, “Osorno”, y distintas gráficas.
También jugamos con diseños más creativos: trabajamos con estilos visuales distintos, incluso con apoyo de herramientas digitales para generar vaquitas “más anime” o en situaciones específicas: cantando, durmiendo, lavándose los dientes. La gente llega y también pide complementos: gatitos, perritos, porque quien ama animales, suele amar todo ese universo. Y hay productos estacionales, como delantales para asado que se transforman en regalos para Día de la Madre, Día del Padre o cumpleaños. La personalización nos ha resultado muy bien.
—¿Cómo definieron esos productos?
Buscamos primero productos locales, pero nos dimos cuenta de algo duro: no había mucha oferta para fabricar y personalizar cosas con vaquitas. Entonces tomamos otra decisión: traer cosas y también fabricar. Eso nos llevó a invertir en equipo, tecnología y diseño para que el sello osornino no fuera genérico como retail, sino realmente local.
—¿Qué tipo de público compra en la tienda?
He identificado tres públicos claros.
- Personas mayores de 60: abuelos que buscan regalos para nietos. A veces ni saben el nombre del personaje que quieren, y ahí uno ayuda a resolver.
- Adulto joven, 35 a 48/50: interesados en personalización, naturaleza, vida al aire libre, bienestar animal y cultura pop aplicada a vestimenta o decoración.
- Turistas: quieren algo que diga “Osorno” y ojalá una vaquita. Han llegado muchos argentinos y suelen preguntar por qué tantas vaquitas. Ahí se explica que Osorno es zona ganadera y gran productora de leche, y se sorprenden.
Y algo interesante: muchos souvenirs los compran los propios osorninos cuando viajan dentro de Chile o al extranjero y quieren llevar algo de su ciudad, en vez del típico queso.
Redes sociales, ubicación y el valor de “regalar con emoción”
—La tienda tiene pocos meses. ¿Cómo se dieron a conocer?
La ubicación ayuda porque Cochrane tiene alta afluencia. Pero hoy la gente busca desde el celular, así que trabajamos redes sociales a diario. Estamos en Instagram como lavaquita-osorno, en TikTok como La Vaquita Osorno y también en Facebook como La Vaquita Osorno. Para nosotros es clave: muchas veces el primer contacto viene desde ahí.
—¿Qué has observado del comercio local en Osorno respecto a lo digital?
He visto negocios abrir y cerrar en pocos meses. Muchos creen que se puede hacer negocio como hace 20 años. Hoy el mercado cambia mucho más rápido. Las redes sociales son parte de la vida cotidiana: la gente se levanta mirando el celular y se acuesta mirando el celular. Para emprender, las herramientas digitales son tan importantes como finanzas o proveedores.
—¿Qué significa trabajar con productos personalizables a nivel emocional?
Es emocionante y es una gran responsabilidad. Regalar trae un sentimiento detrás. Hay encargos que te dejan marcada.
Una vez llegó una señora que quería un tazón con la imagen de una niñita jugando con una vaca. La foto estaba mala, imposible de estampar. La historia era fuerte: la niña había vivido en una parcela en pandemia, volvió a la ciudad y lo que más extrañaba era su vaquita. Entonces recreamos la imagen con herramientas digitales y logramos una versión muy parecida. Después la señora me mandó una foto de la niña tomando leche con el tazón… y ese orgullo es enorme.
También hemos hecho encargos para el extranjero, como paisajes osorninos en estilo artístico para regalos que “perduren”. O personas que perdieron una mascota y quieren una almohada para sentirla cerca. Ahí entiendes que no vendes solo un producto: ayudas a construir un recuerdo.
—Hablemos de “location, location, location”. ¿La ubicación ha sido determinante?
Totalmente. Siempre quise tener una tienda en Cochrane porque se está transformando en un barrio comercial con identidad: boutiques, librerías, cafeterías, panaderías… no es solo compra, es paseo. Cuando decidimos emprender, buscamos y no aparecía local, hasta que se desocupó el que hoy tenemos. Era un lugar que yo conocía desde antes, y no lo dudamos. Sí es más caro, pero para una marca en construcción, el flujo es una vitrina invaluable.
Proyección: crecer sin perder la conversación con la gente
—Para cerrar, ¿cuál es el sueño para La Vaquita?
Me gustaría que crezca, como crece mi hijo. Que se transforme en un referente: que pase lo que pasa en otras ciudades, donde hay un lugar “obligado” para visitar. Que se diga: si vienes a Osorno, tienes que pasar por La Vaquita.
Queremos crecer fuerte en lo digital: ventas online, sitio web, e-commerce. Pero también quiero que el crecimiento no nos quite lo más valioso: seguir conversando con los clientes. Esa conversación nutre todo lo que hacemos.









