El cuerpo sabe algo que ignoramos.
Hay cosas que el cuerpo entiende antes que nosotros. Y una de ellas es que la naturaleza no es solo algo que se disfruta, sino algo que necesitamos.
No siempre podemos explicarlo, pero lo sentimos: una caminata entre árboles, el sonido del agua que calma, el aire libre que relaja.
En una región como la de Los Lagos, eso no es difícil de reconocer. Y, sin embargo, muchas veces vivimos de espaldas a eso.
Hoy pasamos, en promedio, cerca de siete horas al día frente a pantallas.
Es decir, gran parte de nuestra vida ocurre en espacios cerrados, mediada por dispositivos, lejos de entornos naturales.
Quizás por eso, cuando volvemos a la naturaleza —aunque sea por un momento— el cambio se siente tan inmediato: el cuerpo baja el ritmo, la mente se ordena y la respiración se hace más profunda.
No es solamente una sensación agradable. Es una respuesta.
Y no es casual.
Hoy sabemos que esto tiene una base real. Un estudio publicado en 2022 en la revista Nature, titulado “How nature nurtures…”, mostró que después de una caminata de una hora en la naturaleza disminuye la actividad en la amígdala, una zona del cerebro asociada al estrés.
Es decir, no es solo que nos sintamos mejor. Nuestro cerebro realmente está regulando su respuesta.
También se ha observado que la naturaleza permite un tipo de atención distinto. A diferencia de los entornos urbanos, que nos exigen estar constantemente alerta, los entornos naturales favorecen una atención más suave y más descansada.
Tal vez por eso, en lugares como este, donde la naturaleza está tan presente, muchas personas sienten que algo cambia cuando salen, aunque no siempre sepan explicarlo.
Si lo pensamos bien, no es tan extraño.
Durante miles de años, nuestra especie evolucionó en contacto directo con paisajes como estos. No en oficinas, no frente a pantallas, no en ciudades densas, sino en relación con ciclos naturales, sonidos y ritmos muy distintos a los que vivimos hoy.
Y, sin embargo, hemos aprendido a relacionarnos con la naturaleza como si fuera un extra: un panorama, un lugar al que vamos cuando tenemos tiempo.
En una región donde los bosques, la lluvia y la biodiversidad forman parte de la vida cotidiana, esa desconexión es aún más evidente. Porque no se trata de falta de acceso.
Se trata de algo más profundo.
Tal vez la sensación de cansancio constante, de saturación o de desconexión que muchas veces experimentamos no tiene que ver solo con el ritmo de vida, sino también con haber dejado de habitar el entorno del que formamos parte.
Uno que sigue ahí. Uno que el cuerpo reconoce. Y que, aunque no siempre lo escuchemos, sigue respondiendo cada vez que volvemos.
Porque la naturaleza no es un lujo.
Es una necesidad biológica que hemos aprendido a ignorar.

Iracy Teixeira es Periodista, especialista en comunicación ambiental y estratégica, residente en Puerto Varas.









