Ruido sin ley: el gobierno prometió reformar la Ley Lafkenche y a mitad de julio no ha ingresado nada

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Resumen generado automáticamente con una herramienta de Inteligencia Artificial desarrollada por Mirada Sur.

Kast anunció modificar la Ley Lafkenche en el Salmón Summit, Urrutia comprometió indicaciones para junio y luego julio. A mitad de mes, el Ejecutivo no ha ingresado ni una y la consulta indígena obligatoria ni siquiera empieza.

Pocas normas concentran hoy tanto ruido político en el sur de Chile como la Ley Lafkenche. En los últimos meses, la Ley N° 20.249 —que permite a comunidades indígenas administrar espacios del borde costero cuando acreditan un uso histórico— pasó de ser un asunto sectorial a convertirse en el símbolo de un debate mayor sobre inversión, desarrollo regional y derechos de los pueblos originarios. El Presidente José Antonio Kast la puso en el centro de su agenda para la macrozona sur-austral. Gremios, centros de estudios y comunidades han producido una avalancha de columnas, informes y datos. Sin embargo, detrás de esa intensa conversación pública hay un hecho concreto que contrasta con el volumen del ruido: el gobierno que prometió cambiarla no ha movido una sola ficha formal en el Congreso.

A mitad de julio de 2026, el Ejecutivo no ha ingresado las indicaciones que comprometió, la consulta indígena que la propia autoridad reconoce como obligatoria ni siquiera ha comenzado, y el proyecto sobre el que Hacienda pretendía apoyar su reforma sigue detenido en el Senado a la espera de una votación general que no llega. La distancia entre cuánto se habla y cuán poco se ha hecho es, en sí misma, el dato del reportaje.

Una promesa con fecha, y luego otra fecha

El punto de partida es rastreable. El 7 de mayo, durante el SalmonChile Summit 2026 en el Teatro del Lago de Frutillar, el Presidente Kast anunció que el Ejecutivo propondría modificaciones a la Ley Lafkenche. En su intervención sostuvo que la norma nació «con una buena intención», pero que se habría prestado para abusos, cuestionando el tamaño de algunas solicitudes de Espacios Costeros Marinos de Pueblos Originarios (ECMPO) y el uso del mecanismo. La señal política fue inequívoca: a diferencia de la cumbre de 2024, cuando las sillas reservadas para autoridades quedaron vacías, esta vez el auditorio estuvo lleno y con fuerte presencia de gobierno.

Ese mismo día, el subsecretario de Pesca y Acuicultura, Osvaldo Urrutia, fijó el primer plazo. Según consignó Diario Financiero, la autoridad confirmó que el gobierno se había puesto como meta ingresar en junio las indicaciones para modificar la norma, sobre la base de un borrador que ya tenía y que estaba afinando con otros servicios públicos. Los ejes anunciados eran tres: acotar el efecto suspensivo que paraliza otras solicitudes sobre una misma zona, revisar la proporcionalidad entre el tamaño de las comunidades y las áreas requeridas, y endurecer los requisitos para acreditar el uso consuetudinario.

Junio llegó y las indicaciones no. El plazo se corrió a julio. Así lo recogieron en mayo medios especializados como aqua.cl —que tituló derechamente que el Ejecutivo «espera ingresar texto durante julio»— y también El Líbero, que precisó que Urrutia había comprometido el ingreso «el próximo julio» de las indicaciones al proyecto que se encuentra en primer trámite en el Senado.

El taller de ocho horas sin texto

El episodio más revelador de esta secuencia ocurrió el 27 de mayo en Puerto Montt. Ese día, la Subsecretaría de Pesca convocó al encuentro «Diálogo para el futuro del borde costero», una instancia de ocho horas donde, según se había anticipado, Urrutia presentaría las indicaciones a la modificación de la ley. No las presentó. «No vamos a presentar ningún texto, simplemente las ideas generales hacia dónde deben ir los cambios», declaró la propia autoridad a Radio Bío Bío, reiterando los mismos tres ejes que ya venía repitiendo desde comienzos de mayo.

El detalle no es menor. Entre el anuncio presidencial de mayo y el taller de fines de ese mes, el gobierno pasó de comprometer un ingreso inminente a admitir que ni siquiera existía un documento formal que socializar. Las comunidades indígenas presentes criticaron además que la Subsecretaría hubiera convocado sin incluirlas previamente, un reparo que apunta al corazón de otro problema no resuelto.

La consulta que no ha empezado

Cualquier modificación sustantiva a la Ley Lafkenche debe pasar por una consulta indígena previa, obligación establecida por el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, ratificado y vigente en Chile desde 2008. El propio Urrutia lo ha reconocido públicamente: en marzo, ante Fundación Terram, señaló que estos cambios deben pasar por el Congreso y por una consulta indígena «porque hay acuerdos internacionales que establecen eso y obviamente tenemos que obedecerlo», y calificó ese aspecto como «fundamental» dentro del proceso.

El antecedente pesa. En enero de 2025, el Tribunal Constitucional declaró inconstitucional el artículo 48 de la Ley de Presupuestos, una disposición que buscaba introducir modificaciones a la Ley Lafkenche por la vía presupuestaria. Entre los fundamentos del fallo estuvo justamente que la medida se había tramitado sin consulta previa ni participación de los pueblos originarios, vulnerando el Convenio 169. La lección para el Ejecutivo es directa: reformar la norma sin consulta abre un flanco de inconstitucionalidad. Y a mitad de julio, no hay registro de que ese proceso de consulta haya siquiera comenzado.

El proyecto sobre el que se quiere construir sigue detenido

La estrategia del gobierno, según ha explicado Urrutia, no es ingresar un proyecto nuevo, sino sumar sus indicaciones a una moción que ya está en trámite en el Senado: el boletín N° 15862-21, presentado en abril de 2023 por un grupo transversal de senadores encabezado por Fidel Espinoza (PS) y Carlos Kuschel (RN), junto a Gastón Saavedra (PS), David Sandoval (UDI) y el exsenador Álvaro Elizalde (PS). La apuesta es razonable en lo procedimental: construir sobre una base transversal ya avanzada.

El problema es que esa base tampoco avanza. Según información de la propia Secretaría de Comunicaciones del Senado, la moción quedó con su debate pendiente luego de que el senador Francisco Huenchumilla, en nombre del Comité Mixto Demócrata Cristiano e Independiente, solicitara segunda discusión, por lo que el proyecto será votado en general en una sesión futura sin fecha definida. Es decir: la iniciativa a la que el Ejecutivo pretende adherir sus indicaciones ni siquiera ha sido aprobada en general. El vehículo legislativo elegido está estacionado.

Los datos que tensionan el relato

Mientras la acción legislativa no llega, la conversación de ideas se ha intensificado, y en ella conviven dos veredas claramente diferenciadas.

De un lado, la que empuja la reforma. La fundación y centro de estudios Pivotes reflotó a comienzos de julio un documento con ocho medidas para modificar la ley —limitar plazos, eliminar el silencio administrativo, hacer avanzar en paralelo las solicitudes incompatibles— con la firma de economistas de la Universidad de Chile y de la Universidad Católica. Su argumento central es conocido: la sola presentación de una solicitud de ECMPO suspende otros procedimientos sobre la misma área, lo que a su juicio ha convertido a la ley en un instrumento para frenar inversiones. En una línea similar, el gremio salmonero ha sostenido que la norma es uno de los principales obstáculos para el crecimiento del sector.

Del otro lado, la que defiende la ley y desplaza el foco hacia el propio Estado. Un análisis del Observatorio Ciudadano, difundido por CIPER el 7 de julio, aportó el dato más incómodo para el relato oficial. Con información geoespacial de la Subsecretaría de Pesca actualizada a mayo de 2026, el estudio estableció que de las 1.323 concesiones salmoneras otorgadas en Los Lagos, Aysén y Magallanes, un 57,4% coincide territorialmente con ECMPO decretados o en trámite. Pero, según el mismo análisis, esa superposición no es la principal explicación del estancamiento del sector: los frenos de fondo serían decisiones regulatorias adoptadas por el propio Estado por razones ambientales y sanitarias, como el cierre de Áreas Aptas para la Acuicultura y las restricciones derivadas de la Ley de Biodiversidad. A ello se suma un dato de la Fundación Terram citado en el mismo trabajo: cerca del 27% de las concesiones salmoneras otorgadas permaneció inactivo o sin operación entre 2012 y 2022.

En paralelo, desde el mundo que defiende la norma se ha insistido en que el problema no es la ley sino su implementación. Una columna difundida a comienzos de julio planteó que las demoras que hoy se cuestionan podrían resolverse si organismos como la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena contaran con más personal y capacidades técnicas, sin necesidad de modificar una normativa que ha permitido avanzar en participación y protección territorial.

Toda esa producción, sin embargo, comparte una característica: es debate de ideas, no hecho legislativo. Son informes, columnas y minutas técnicas que alimentan la discusión, pero que no equivalen a una indicación ingresada, una consulta iniciada ni una votación realizada.

El sur como epicentro real

Si algo justifica que este asunto se mire desde Los Lagos y no solo desde Santiago es la concentración territorial del conflicto. De acuerdo con datos obtenidos vía Ley de Transparencia y sistematizados por Pivotes, existían 897 solicitudes de concesiones marítimas suspendidas por la Ley Lafkenche en todo Chile, de las cuales 733 estaban en la Región de Los Lagos: un 82% del total nacional. La cifra ubica a la región como el epicentro efectivo de la discusión, no como un actor secundario que recibe rebotes de una decisión capitalina.

Esa centralidad territorial hace más notoria la brecha. El territorio más afectado por la norma es también el escenario donde el gobierno hizo sus principales anuncios —el Summit de Frutillar, el taller de Puerto Montt— y, al mismo tiempo, el que sigue esperando que a las declaraciones les siga un texto.

La brecha entre lo dicho y lo hecho

La secuencia, ordenada, deja poco espacio a la interpretación. En mayo, un anuncio presidencial de alto perfil y un compromiso de indicaciones para junio. A fines de mayo, un taller de ocho horas que terminó sin texto. Luego, un plazo corrido a julio. Y a mitad de julio, ninguna indicación ingresada, una consulta indígena obligatoria sin iniciar y una moción base detenida en el Senado a la espera de su votación general.

Ninguna de esas afirmaciones descansa en una opinión: todas son verificables en los registros parlamentarios y en las propias declaraciones de la autoridad. El gobierno mantiene su diagnóstico —que la ley debe corregirse— y conserva la facultad de presentar sus indicaciones cuando lo estime. Pero, por ahora, el volumen de la conversación pública sobre la Ley Lafkenche sigue siendo inversamente proporcional a la cantidad de decisiones concretas tomadas sobre ella.

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