En 2025, Chile alcanzó un récord histórico de recepción industrial de leche: 2.546 millones de litros, un alza de 5,9% respecto del año anterior, según informó el ministro de Agricultura, Jaime Campos, en la inauguración de Chilelácteo 2026 realizada en Osorno en junio. Las exportaciones de productos lácteos llegaron a 322 millones de dólares el mismo año, con una aceleración notable: entre enero y abril de 2026 ya acumulan 80 millones, un 24,9% más que igual período anterior. Los números son los mejores en décadas. Y aun así, el sector lechero chileno pierde entre 80 y 100 productores cada año.
La paradoja que expone esa cifra tiene una explicación multicausal — costos, precios, clima, concentración de mercado —, pero una de sus capas más profundas es estructural y demográfica: las nuevas generaciones no quieren quedarse en el campo. Y ese fenómeno no es exclusivo de Chile.
De 17.000 a 2.800: la contracción histórica de la lechería chilena
El número de lecherías activas en Chile ha caído de forma sostenida durante tres décadas. Según datos de la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA), los productores de leche del país descendieron desde 17.000 en 1997 hasta aproximadamente 4.500 a comienzos de la década pasada. Hoy, según el presidente de la Federación Nacional de Productores de Leche (Fedeleche), Marcos Winkler, el universo activo se estima entre 2.500 y 2.800 unidades, y entre el 2% y el 3% abandona la actividad cada año. En volumen, eso equivale a entre 80 y 100 lecherías que cierran sus puertas en un período de doce meses.
El dato fue expuesto por Winkler en Osorno, donde más de 40 empresas del rubro se reunieron en junio de 2026 para evaluar el estado del sector. La reunión ocurrió precisamente en la capital de la provincia más lechera del país: las regiones de Los Ríos y Los Lagos concentran el 83% de la recepción nacional de leche líquida y reúnen a más de 4.800 familias productoras, según ProChile. El cierre de Chilolac en Ancud, planta que operó 56 años y dejó sin pago a productores con deudas de entre 100 y 180 millones de pesos, fue la señal más reciente de que la crisis no es abstracta para el sur.
Los jóvenes y el campo: un fenómeno mundial que Chile siente con fuerza
El presidente de la SNA, Antonio Walker, fue directo al describir el diagnóstico demográfico. Según datos del INE que él mismo citó, entre el 25% y el 27% de la población chilena vive en comunas rurales, mientras el 40% reside en Santiago. Y las comunas rurales envejecen: de las 345 comunas del país, 263 son rurales, y sus habitantes jóvenes migran sistemáticamente hacia los centros urbanos.
El ministro Campos lo expresó sin eufemismos en la inauguración de Chilelácteo 2026: «Las nuevas generaciones no quieren trabajar en el mundo rural porque lo consideran más inseguro y tienen la percepción de que en la ciudad estarán más protegidos.» El académico Juan Pablo Subercaseaux, ingeniero agrónomo y máster en Economía Agraria de la Pontificia Universidad Católica, aportó un dato que condensa el problema con precisión: «El promedio de edad de los ordeñadores está sobre los 65 años en Chile.»
No se trata solo de una preferencia cultural. Subercaseaux identificó la temporalidad laboral como el factor estructural más relevante: más del 50% de los trabajos agrícolas son temporales, con cerca de 700.000 personas que realizan labores por períodos de seis meses o menos. «Ese trabajo puede dar buenos sueldos, pero durante los meses que van a trabajar. ¿Y qué hacen el resto de los meses?», planteó. La incertidumbre de ingreso, más que el nivel salarial en sí, sería la principal barrera de entrada para los jóvenes.
A ello se suma un componente de percepción. Subercaseaux lo graficó con una frase que circuló en el debate sectorial: «Es mucho más glamoroso que una chiquilla diga que trabaja en Falabella que diga que es temporera.» Para el presidente de Fedefruta, Víctor Catán, el fenómeno lleva más de una década agravándose. «Aquí hay cierto grado de estigmatización de que la vida en el campo es una vida muy precaria, de malas remuneraciones», señaló, aunque advirtió que esa percepción no siempre coincide con la realidad salarial del sector.
Tecnología e inmigración: las dos respuestas que el sector ensaya
Frente a la escasez de mano de obra joven, el agro chileno ha comenzado a explorar dos caminos paralelos. El primero es la modernización tecnológica como argumento de atracción: Walker sostuvo que la agricultura chilena se está tecnificando con innovación que «es muy atractiva para los jóvenes.» Patricio Gómez, ingeniero agrónomo y director del Campus Colchagua de la Universidad de Talca, coincidió en que el desafío es proyectar una imagen del campo del siglo XXI — con sustentabilidad, bienestar animal, gestión ambiental y precisión digital — en lugar de la imagen del siglo XIX detrás de una yunta de bueyes.
El segundo camino es la inmigración laboral. Walker fue explícito al señalar que el trabajador chileno «ya no quiere hacer» las labores de mayor esfuerzo físico propias del campo, y destacó que trabajadores bolivianos han sido «un muy buen complemento» para la fuerza laboral agrícola nacional. Subercaseaux, por su parte, observó que en economías más avanzadas parte de esa brecha ya se aborda estructuralmente mediante la migración temporal. Ambos diagnósticos apuntan a que la industria no está esperando una solución endógena: está importando capital humano mientras busca hacer más atractivo el sector para la siguiente generación local.
Para el sur, la urgencia es doble
El problema del recambio generacional no es igual en todo Chile. Para las regiones de Los Lagos y Los Ríos, que concentran la mayor parte de la producción láctea nacional y donde la identidad productiva de miles de familias está ligada al trabajo en el campo, la pregunta sobre quién seguirá ordeñando, sembrando y manejando praderas en los próximos veinte años tiene consecuencias económicas directas y urgentes. El agro del sur exporta más que nunca. Pero si los hijos de quienes lo sostienen no están dispuestos a continuar, el récord de hoy podría ser el techo de mañana.









