Islandia volvió a iniciar la temporada ballenera este fin de semana, con dos embarcaciones que salieron a faenar tras una pausa de dos años, en un reinicio que reactivó las manifestaciones en el puerto de Reikiavík y el debate sobre el futuro de la actividad en el país, uno de los pocos del mundo que mantiene la caza comercial de estos cetáceos.
El reinicio ocurre luego de un período marcado por restricciones y decisiones políticas. En 2024, la entonces ministra de Agricultura, Bjarkey Olsen Gunnarsdóttir, no otorgó el permiso para cazar ballenas sino hasta después de la fecha prevista para el inicio de la temporada, lo que derivó en la suspensión de las capturas.
A ese escenario se sumó el freno económico del propio sector. La industria ballenera estimó el año pasado que la temporada no sería rentable y, finalmente, los barcos no llegaron a abandonar el puerto. Este año, en cambio, las salidas se concretaron sin esos obstáculos.
Uno de los buques, el Hvalur 9, zarpó el jueves desde el puerto de Reikiavík en medio de una protesta directa: un manifestante se subió al mástil con la intención de impedir que la nave saliera. La acción, similar a la utilizada por activistas en 2023, no logró detener la partida. El hombre debió descender más tarde en Hvalfjörður, conocido como el “fiordo de las ballenas”, antes de que el barco se internara en mar abierto.
Cuotas recomendadas y preocupación por la población censada
El reinicio de la temporada se da mientras las autoridades científicas han pedido moderación en el número de ejemplares capturados. El Instituto de Investigación Marina de Islandia recomendó este año reducir en una quinta parte las cuotas de ballenas cazadas y fijó como límite no superar los 150 ejemplares de rorcual común y los 168 de rorcual aliblanco o minke, debido a la escasa población censada.
La recomendación vuelve a poner el foco en la conservación de especies que, según organizaciones ambientalistas, enfrentan presiones acumuladas por la actividad humana y cambios en el océano. En Islandia, la discusión se mantiene especialmente activa porque la caza de ballenas convive con una fuerte industria turística asociada al avistamiento.
En paralelo, surgieron nuevas convocatorias a movilizaciones. La organización animalista Hvalavinir —“Amigos de las Ballenas”— anunció un acto de protesta para el domingo en el puerto de Reikiavík, con el objetivo de visibilizar el rechazo a la reanudación de la caza.
Proyecto para prohibir la caza comercial sigue en agenda
En el plano político, el Gobierno también ha mostrado señales de un eventual giro regulatorio. La ministra de Industria y Comercio, Hanna Katrín Friðriksson, anunció en abril que prevé presentar un proyecto de ley para prohibir finalmente la caza comercial de ballenas.
Ese anuncio instala un escenario de transición: por un lado, la actividad se reactiva con barcos en el mar y con una industria que busca sostenerse tras un período complejo; por otro, se abre la posibilidad de una prohibición legislativa que redefina el marco de mediano plazo para el sector.
La reanudación de la faena se produce además en un contexto internacional en el que solo un pequeño grupo de países mantiene la captura de ballenas. Islandia figura entre las naciones que aún la practican junto con Noruega y Japón, lo que suele incrementar el escrutinio externo y la presión de organizaciones ambientalistas.
Por ahora, la temporada avanza con salidas ya realizadas y con nuevas protestas anunciadas en Reikiavík, mientras el debate se tensiona entre las recomendaciones científicas de límites de captura, la viabilidad económica del rubro y la iniciativa política que busca cerrar la puerta a la caza comercial. La discusión sobre la caza de ballenas Islandia se mantiene abierta y con próximos hitos tanto en el mar como en el Congreso islandés.









