La discusión sobre cuánto deben durar las carreras en Chile volvió a instalarse en el debate académico y legislativo, pero cada vez con un matiz distinto: el problema de fondo no sería la extensión de los planes de estudio, sino la rigidez de un modelo formativo que cuesta adaptar a las trayectorias profesionales actuales. La pregunta que cruza la conversación es si el camino pasa por carreras más cortas o, derechamente, por trayectorias de aprendizaje más flexibles y permanentes.
Una brecha que pesa en el bolsillo y en el tiempo
El punto de partida del debate es un dato persistente. Según el Servicio de Información de Educación Superior (SIES), los estudiantes chilenos tardan en promedio un tercio más de lo previsto en obtener su título, acumulando varios semestres de «sobreduración» en programas tradicionales. En carreras como Derecho o algunas ingenierías, esa diferencia entre la duración formal y la real se traduce en cinco o seis semestres adicionales antes de la titulación.
Esa extensión no es un asunto meramente académico. El tiempo extra impacta de manera directa en el endeudamiento estudiantil, en la retención dentro del sistema y en un ingreso más tardío al mercado laboral, justo en un escenario donde la rapidez de la actualización de habilidades se ha vuelto un factor competitivo.
Por qué el modelo chileno alarga el camino
Parte de la explicación está en cómo se estructura el pregrado en Chile. A diferencia de los modelos europeos y de otras regiones, donde el aprendizaje se distribuye en distintos ciclos académicos y credenciales acumulables, los programas chilenos tienden a concentrar en una sola trayectoria la formación disciplinar, la habilitación profesional y, en algunos casos, la nivelación académica. El resultado es un recorrido más largo y menos flexible para llegar al título.
Para Ryan Lufkin, vicepresidente de Estrategia Global de Aprendizaje de Instructure —la compañía detrás de la plataforma LMS Canvas—, la discusión en Chile va más allá de simplemente acortar las carreras. El desafío de fondo, plantea, es crear trayectorias que permitan a los estudiantes desarrollar habilidades de manera progresiva, combinar distintas formas de aprendizaje y seguir formándose a lo largo de su vida laboral. A su juicio, las instituciones enfrentan una presión creciente por ofrecer modelos adaptables y conectados con el aprendizaje permanente.
La tendencia que ya asoma en otros mercados
Aunque el sistema chileno tiene características propias, debates similares sobre trayectorias flexibles y credenciales alternativas están surgiendo en otros mercados hispanohablantes. En España, un informe de Instructure reveló que más de la mitad de los estudiantes está considerando modelos híbridos, microcredenciales o cursos cortos. En paralelo, según el portal oficial español TodoFP, la Formación Profesional registró un crecimiento de 36% en los últimos seis años, reflejo de una demanda por opciones más vinculadas a la empleabilidad y la actualización continua.
Lufkin advierte que esta tendencia no debe entenderse como una pérdida de valor de los títulos universitarios, sino como una oportunidad para complementarlos con trayectorias más claras y adaptables. «El objetivo es que los estudiantes puedan construir trayectorias más claras, con hitos intermedios que tengan valor real para ellos, para las instituciones y para los empleadores», sostiene. En ese ecosistema, las credenciales digitales aparecen como un registro verificable para visibilizar logros en aulas que hoy son cada vez más multigeneracionales.
No hay una receta única
El experto subraya que no existe una solución que sirva para todos los casos. A partir de su trabajo con instituciones chilenas y latinoamericanas, dice haber visto un interés creciente por cómo las universidades pueden equilibrar mejor la calidad académica con la empleabilidad y la formación continua, preparando a los estudiantes para carreras que seguirán evolucionando mucho después de la titulación. Cualquier discusión sobre la duración de los programas, plantea, debe ir acompañada de trayectorias claras para el desarrollo de habilidades. El futuro de la educación superior chilena, en esa lectura, pasa por diseñar modelos menos rígidos, capaces de responder a un mundo profesional que cambia tan rápido como la tecnología.









